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la familia del che por Argentina

 

POR  EL RIO PARANÁ, HASTA ROSARIO.

Por Froilán González y Adys Cupull

Para los que saben amar, continuamos con el testimonio  de   Roberto Guevara de la Serna, quien relata el trayecto de la familia desde el nacimiento de su hermano Ernesto.

Lo conocimos en Buenos Aires, en diciembre de 1984, donde  conversamos largamente, cuando volvimos en 1988  su apoyo fue de gran importancia, hizo los croquis que sirvieron de guía para visitar las casas donde vivieron  los Guevara de la Serna, en Rosario,  Alta Gracia,  Córdoba y Buenos Aires,  y relacionó  los nombres de las personas que  debíamos entrevistar para nuestra investigación

Posteriormente viajó a La Habana, por la enfermedad de su hermana Ana María y  visitó nuestra casa. En esos momentos estábamos concluyendo el libro Ernestito vivo y presente y rectificó nombres, direcciones, hechos y datos. En su memoria se conservan los recuerdos, precisos y claros. Rememoró la infancia y adolescencia de Ernesto. A veces, su físico, el acento al hablar nos acercaban al Che,  o tal vez ‑ la intimidad que se siente al estar junto a alguien tan cercano a él. Lo observamos, y aún estaba latente el joven Roberto fotografiado en Bolivia en 1967, cuando  la seriedad  asomada a su rostro, fue captada por un lente de reportero, en Vallegrande, iba a exigir la verificación de la muerte de su hermano y la entrega del cadáver. Nos volvimos a ver en  Buenos Aires, en septiembre de 1995, entonces lo visitamos en su casa y en su despacho, donde ejercía la profesión de abogado, de esos encuentros es el testimonio:.

      Ernesto nació en Rosario, mi padre tenía intereses económicos en la provincia de Misiones, en puerto Caraguatay, donde había comprado una estancia con dinero de mi vieja, y él y mi madre viajaron desde allí hasta Rosario, por todo el río Paraná, puerto por puerto, para resolver algunos problemas de negocios. Mi viejo quería instalar un molino yerbatero y se bajaron para realizar los trámites; estando allí se presentan los dolores de parto de mi madre y, en esas circunstancias, nace mi hermano Ernesto.

      Lo que yo recuerdo, que contó mi madre, era que Ernesto nació en una clínica de Rosario, el 14 de junio de 1928. La casa que aparece en la inscripción de nacimiento, es donde vivió los primeros días, pero no donde nació. Posiblemente fue la casa de un amigo, o del chofer del taxi que fue testigo del nacimiento. El otro testigo fue el primo de mi padre, Raúl Lynch; por cierto, quiero aclararles que este primo de mi padre era el embajador de Argentina en La Habana , cuando la lucha en la Sierra Maestra y el  triunfo de la Revolución.

      De Rosario ellos vinieron a Buenos Aires, y después viajaron al puerto Caraguatay nuevamente. De Caraguatay regresaron a fines del año 1929, ya que estaba próxima a nacer mi hermana Celia; de acuerdo con la inscripción de nacimiento, mis viejos vinieron para un departamento en la calle Santa Fe no. 3258 y ella nace el 30 de diciembre de 1929. Yo nací en la calle Bustamante no. 1286, el 18 de mayo de 1931. Según mi madre cumplí un año en Córdoba, en el Hotel Plaza de esa ciudad, fuimos para allá por el asma de Ernesto. En Córdoba, alquilamos una casa en la localidad de Argüello y desde allí nos fuimos para Alta Gracia.

      En Alta Gracia, al llegar, vivimos seis meses más o menos en el Hotel de La Gruta ; nos mudamos para Villa Chichita, donde nació mi hermana Ana María el 28 de enero de 1934. Cada año o cada dos años nos mudábamos, porque los contratos de alquiler se hacían por ese período. Pero el eje de nuestro paso por Alta Gracia, es una casa conocida como Villa Nydia, que ahora se conoce como Villa Beatriz, ahí fue donde más vivimos. Esa casa fue como el centro de nuestra estancia en ese lugar, debemos distinguirla del resto, fue la casa fundamental, porque de Villa Nydia nos mudamos a la casa Chalet de Fuentes y luego volvimos a Villa Nydia, nos mudamos al Chalet de Fortes y de vuelta a Villa Nydia.

     Recuerdo que en el año 1937 nos encontrábamos en el Chalet de Fuentes porque fue cuando llegaron nuestros primos, los Córdova Iturburu, los hijos de mi tía Carmen, tal vez estábamos desde 1936 y nos quedamos hasta 1938. En 1941 pasamos al Chalet de Fortes, que está en la calle Avellaneda, y volvimos para Villa Nydia en 1942. Lo último que hace el viejo, es poner un estudio de arquitectura en Córdoba y mientras preparaban nuestro viaje, vivimos en el hotel, Hotel Cecil, eso fue en 1943, desde principios de año hasta el mes de mayo de ese año, en que nos fuimos para Córdoba, aunque volvimos a Alta Gracia en la época del verano.

   En 1944 alquilamos nuevamente la casa de Villa Nydia, pero cuando llegamos, el dueño se había arrepentido o cambiado de idea y nos fuimos a vivir por un mes al Sierras Hotel y de ahí alquilamos otra casa que se llama Chalet de Achaval en enero de 1944, que en ese año fue el terremoto de San Juan y estábamos viviendo allí. Estuvimos hasta marzo. Volvimos a Córdoba y en el próximo verano de 1945 de nuevo a Alta Gracia, fuimos a vivir para una casa conocida como de Ripamonti. Si hubiera diferencias de fechas, hay que creer en mi hermana Celia, que es la que tiene mejor memoria.

   Mis primeros recuerdos son de Alta Gracia, yo me considero de ese pueblo. No tengo recuerdos anteriores. Era un pueblo de turismo, con dos for­mas de vida, la de los turistas y la propia, que era cuando los turistas se habían marchado. Nosotros teníamos la particularidad de cabalgar en las dos formas.

   Las relaciones de mis padres eran las de los ricos y las nuestras las de la gente pobre, que eran las que vivían permanentemente en la zona. Nuestros ami­gos fueron los hijos de los campesinos y de los case­ros, que eran las personas que cuidaban las casas y las propiedades. Recuerdo a los Vidosa, Ariel y Dante, a quien le decíamos Tiqui. A Tiqui lo encon­tró después Ernesto en la frontera de Argentina con Bolivia, porque era gendarme. También esta­ban Ricardo y Luis Albornoz, que aún deben vivir en Alta Gracia.

     En verano hacíamos relaciones con la gente que venía de vacaciones. Éramos socios de la pileta del Sierras Hotel. Algunos de las que conoció Ernesto fue a los Figueroa y allí nació una amistad muy grande, con Carlos y su hermano Alberto, que ya murió. Alberto era un buen ajedrecista, le decían el Negro Figueroa, y jugaba intensamente. El y Ernesto pasaban días enteros en interminables jornadas de ajedrez. Ernesto aprendió con mi viejo. Desde que tenía uso de razón sabía jugar ajedrez y le gustaba mucho. Lo perfeccionó practicando. Cuando comenzó era siempre derrotado, pero fueron pasando los años y cuando tenía once o doce años le ganaba incluso a Figueroa. Ernesto estudió ajedrez, pero lo dejó, porque le absorbía demasiado tiempo. Compitió en el Inter‑Facultad de ajedrez, representando a la Facultad de Medicina También Ernesto nadaba muy bien.

      El juego central era el fútbol. Teníamos una canchita que la habíamos hecho nosotros mismo, entre todos los chicos. En el fútbol, era muy buen arquero. En el verano se hacían equipos de fútbol, uno era el de los que creía en Dios, contra el de los que no creía que era donde estábamos nosotros. Si los creyentes nos llenaban de goles, se solazaban los vencedores con la derrota de los infieles. La formación que teníamos era anticlerical jamás fuimos a misa. En las clases de religión había que pedir expresamente salir de ella y lo pedíamos.

     Las peleas de Ernesto eran famosas, a pesar de que físicamente no estaba bien por sus ataques de asma, las relaciones conmigo eran excelentes, aunque en algunos períodos teníamos broncas, porque él quería ejercer su autoridad y su condición de hermano mayor, y yo me  rebelaba. Ernesto fue muy rebelde en sus relaciones con los viejos, se escapaba, desaparecía, se metía en el monte y había que salir a buscarlo. Su actitud era de gran rebeldía. Las relaciones con nuestra madre eran  muy estrechas, yo diría que las relaciones con todos nosotros eran muy estrechas, muy fuertes, en especial conmigo porque éramos los dos varones mayores, y con mi padre había diferencias y rebeldías,  pero siempre con una cosa, que él respetaba al viejo y decía: “El viejo tendrá lo que tenga, pero es  bueno".

    Su característica más notable fue la voluntad, una voluntad indomable desde chico, que fue puliendo poco a poco con delectación de artista, como él mismo señalara en una carta a los viejos. Este carácter rebelde de mi hermano, también se reflejaba en nuestras  relaciones, porque era él y no yo, por ser menor, el que las determinaba.

    Un hecho que influyó en nuestra familia fue la Guerra Civil española, lo recuerdo bien, porque el viejo fundó Acción Argentina y nosotros prestábamos atención a los  republicanos. Después llegaron los González Aguilar, una familia española que tuvo que abandonar España por el fascismo y ellos vinie­ron a vivir con nosotros, era como si fuéramos her­manos. El problema de la guerra de España nos marcó a todos. Ernesto sabía los nombres de los ge­nerales que estaban peleando en la República. Mi viejo compró un radio para escuchar las noticias de la guerra y Ernesto ideó construir trincheras al fondo de la casa, porque vivíamos en Villa Nydia y había un patio grande al fondo. Después, tenía en su cuarto un mapa de España donde iba siguiendo día a día los combates.

     Cuando vivíamos en el Chalet de Fuentes vino un gallego de apellido Gálvez, era franquista y estaba borracho como una cuba. Entró buscando a mi viejo, se quitó la gorra y empezó a golpear las lámparas y eso desató una enemistad tremenda entre mi viejo, que buscó un revólver, y Gálvez, un perro terrible. Ese episodio estremeció a todo el pueblo de Alta Gracia. Alguien le rompió la cabeza a Gálvez, pero el viejo jura que no mandó a que le hicieran eso, pero la gente pensaba que era él; nosotros también buscábamos al gallego franquista, pero con cierto cuidado, porque era peligroso y había demostrado que era valiente. Por nuestra actitud a favor de España, ese viejo vino a agredirnos y aquello fue dramático para nosotros.

      Ernesto estudió en la escuela San Martín hasta cuarto grado y después en el Manuel Solares. Aún están las dos escuelas. El director era un señor de apellido Ruarte y sus dos hijos eran amigos nuestros, aún deben estar en Alta Gracia.

     A Ernesto le gustaba la naturaleza, los viajes por el campo; salíamos los domingos sierra arriba, llevábamos yerba mate, azúcar y chorizos, porque eran cosas muy fáciles de preparar y nos quedábamos todo el día jugando. Era una vida agreste, muy linda.

     Era un muchacho muy enfermo, el asma es una enfermedad muy difícil de sobrellevar, pero por su carácter y fuerza de voluntad, supo sobreponerse y vencerla. En esto hubo una gran influencia de mi madre. Él hacía las correrías de los chicos sanos, aunque tuviera asma; hacía todo lo que los demás hacíamos. Tenía una formación, desde chico, superior a la de nosotros, muchas inquietudes, análisis de las cosas, independencia de criterios, que lo hacían ser sorprendente. Era un chico excepcional, muy inteligente, y con una fuerza de voluntad muy grande e indomable.

     Tenía características muy especiales para relacionarse sin ningún tipo de paternalismo ni caudillismo. Él se metía en los problemas, participaba, escuchaba y opinaba, evidentemente poseía un carácter muy fuerte, era visible. No era introvertido, era normal en ese sentido, pero muy abierto sin ninguna presunción.

     Le gustaba relacionarse con la gente, sentir sus problemas, ver los problemas sociales, no desde la óptica intelectual, sino desde los problemas mismos, desde el que sufre. Poseía gran capacidad de dar ternura, me refiero a sentirla, pero no a manifestarla, a lo sumo algún gesto, una palmadita, una gran capacidad de trabajo, lograba un gran ritmo. Todo era a fuerza de voluntad y disciplina.

    A mediados de 1943 nos trasladamos a Córdoba a la calle Chile 288; en esa casa nació mi hermano Juan Martín, el mismo día de mi cumpleaños, el 18 de mayo de ese año. Ernesto vivió también en Villa María, cerca de Córdoba, en la calle Véliz Sanfield, a unas diez cuadras del centro. Visitamos un lugar de verano que se llama Pantanillo y Ernesto fue con  su amigo Tomás Granado; recuerdo que hicimos una excursión hasta un arroyo, llevábamos a Juan Martín que era chiquito y lo pasábamos de uno a otro como si fuera una pelota de fútbol.  

Al irse Ernesto para Villa María a trabajar, no tenía sentido quedarnos en Córdoba, porque habíamos viajado allí por él y por su enfermedad, por eso regresamos a la capital. En Buenos Aires vivimos en la calle Arenales No. 2208, 5 piso, que era adonde residía la tía Beatriz, y ella se fue con la tía Ercilia, para dejarnos el departamento a nosotros. Ernesto volvió a Buenos Aires cuando enfermó la abuela Ana y la estuvo cuidando hasta que murió y ya se quedó con nosotros.  

Posteriormente nos mudamos para la calle Araoz no. 2180, eso fue en septiembre u octubre de 1948, y allí permaneció hasta 1953, que es cuando se va en su viaje con Calica Ferrer. Un lugar que Ernesto frecuentaba mucho era el estudio que tenía mi viejo en la calle Paraguay no. 2034, piso 1. A.  

Ernesto era muy estudioso y disciplinado en la lectura, y en la biblioteca de mi padre devoraba todos los libros; los había puesto en orden y los tomaba como si fuera una trituradora. Recuerdo que leyó la Historia Contemporánea de Europa en 25 to­mos. A ninguno de nosotros se nos había ocurrido, pero él los iba leyendo uno a uno rápidamente. Había libros de carácter filosófico, estudió a Marx y a otros clásicos e hizo un diccionario filosófico para facilitarse el estudio.

Ernesto batió un récord en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Ingresó en diciembre de 1947. En el mes de marzo de ese curso, dio todas las materias del primer año; en el mes de junio, las del segundo, y en diciembre, las del tercero, es decir, que en un año hizo los tres primeros. Ese récord no estaba batido en la Universidad. Su capacidad intelectual, su inteligencia, su disciplina y voluntad se unieron. Así era para todas las cosas que enfrentaba. Después hizo el viaje con Alberto Granado, regresó y terminó su carrera de Medicina en tiempo récord también.  

Luego que se fue con Calica Ferrer, en su segundo viaje por América, seguimos todo su trayecto por cartas. Yo me gradué en la Universidad en mayo de 1955 y en junio de ese mismo año me casé y Ernesto me envió de regalo un juego de cucharitas de plata. Vivimos todos en familia las noticias de la guerra en Cuba, todo lo que iba pasando, porque los periódicos informaban bastante de esos hechos. Cuando triunfó la Revolución, yo no pude acompañar a los viejos en ese viaje a Cuba y después no lo vi hasta 1961 que fue cuando vino a Punta del Este; allí nos reunimos toda la familia y hablamos de muchas cosas, hasta de unos lotes de tierra que habíamos comprado en La Paloma, que es un balneario cerca de Punta del Este, y Ernesto siempre quería que compráramos algún lote de tierra, pero como nadie le daba importancia lo compró él. Compró uno en Carlos Paz, cerca de Córdoba, que es la ciudad turística más importante de Córdoba, es un lugar muy bonito donde se habían construido algunas casas, es en el lago de San Roque; el viejo le dio el gusto y compró el lote a orillas del lago. Pero ya un poco más grande, él insistió en la compra de varios lotes de terreno y el viejo los contrató para cada uno de nosotros en una zona que se llama La Paloma, que queda en el Uruguay, entre Punta del Este y la frontera con Brasil. Ninguno pagó salvo Ernesto,    que era muy disciplinado. Cuando nos vimos en Punta del Este, hablamos de eso también y él me di­jo que hiciera los trámites legales y que los anotara a nombre de mis hijos. Yo comencé los trámites, pero con los problemas que ha vivido la Argentina,   que fue un vendaval, se han perdido los papeles Después de 1961, teníamos noticias de mi hermano a través de mi madre, él la llamaba por teléfono, o cuando ella por una u otra vía tenía información.  

Fueron años difíciles, vino todo aquello de que había desaparecido  y finalmente que había muerto en Bolivia. Cuando se publicaron aquellas noticias, yo no sabía si era verdad o era mentira, entonces decidí viajar y verificar. Viajaron también periodistas de la revista Gente y del canal 13 de la televisión argentina y con ellos fui  para Bolivia. El que me ayudó corno intermediario, fue un periodista nombrado Eduardo Maxtwitz.

Fuimos en una avioneta y llegamos a Santa Cruz: los militares nos preguntaron de dónde éramos, yo  me di a conocer y pedí hablar con el jefe de la guarnición y fui a verlo. Conmigo fueron los periodistas, lo que creaba un elemento de presión que contribuyó a que me recibiera. Con aspecto muy asustado y, sorprendido me recibió el coronel Joaquín  Zenteno  Anaya, quien me dijo que él no sabía nada de dónde estaba el cadáver y que las órdenes las tenía que dar  el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y que el único que me podía autorizar para ver el cadáver era el general Alfredo Ovando, que era el comandante de las Fuerzas Armadas de Bolivia. Recuerdo que llovió toda la noche y había mal tiempo. Es curioso que esa noche me localizan dos personas, una de ellas era Ricardo Rojo, me extrañó mucho su actitud, porque quería saber lo que yo iba a hacer en Bolivia y me hizo varios planteamientos que no me gustaron.

Al día siguiente viajé a La Paz para ver a Ovando, que no quería recibirme, pero como detrás de mí iba la prensa; ante su negativa, yo le informé al edecán que si no me recibía tenía la libertad de hablar con la prensa y lo iba a hacer.

Finalmente me recibió, me dijo que el Che era un hombre extraordinario, que era un hombre universal, completo y que entraba en todos los campos con una altura y una grandeza formidables, que había leído los poemas que tenía en su poder, que también poseía otras pertenencias y que me iban a ser devueltas una vez que el trabajo de inteligencia concluyera. Me atendió con delicadeza, pretendía ser mucho más refinado que todos los del Ejército y del alto mando y que con relación a lo que yo le pedía, él mismo daba la orden para que el coronel Zenteno Anaya me mostrara el cadáver si no había sido quemado, porque la orden era quemarlo.

 Viajé a Vallegrande y allí se encontraba Juan José Torres, era evidente que ya tenían todo preparado, que habían planificado todo y habían concentrado al pueblo para dar a entender que se oponían a mi visita y repudiar mi presencia.

 Yo descendí del avioncito donde fui y caminé en actitud que ellos no esperaban. Los pobladores y campesinos de la zona me abrían paso, no sucedió nada en particular, no hubo insultos ni agresiones como seguramente ellos esperaban; la gente, lejos de agredirme, me trató con mucho respeto.

 Me aguardaban altos oficiales, me dijeron: "Bueno, tenemos que llevarlo hasta el cuartel", y fui en un auto con ellos. Cuando llegamos estaban allí capitanes, generales, coroneles, había seis militares, de todos ellos reconocí a Juan José Torres y a Andrés Selich, quienes adoptaron una actitud antipática, y tuvimos una discusión que, evidentemente, no conducía a ninguna parte.

 Ellos dijeron que el cadáver había sido quemado, les respondí que me parecía imposible, respondieron que corrían el riesgo de que los familiares no lo fueran a reclamar, como había pasado con otros guerrilleros a quienes los habían mantenido largo tiempo y que como los familiares no se presentaban a reclamarlos, los habían tenido que enterrar, por la descomposición. Era evidente que me estaban min­tiendo. Yo les respondí y tuvimos una discusión al respecto.

Salí convencido de que no lo habían quemado, que estaba enterrado; regresé al pueblo, estuve to­da la tarde, conversé con las gentes, me dijeron que en Vallegrande no se podía haber quemado el ca­dáver, porque si lo hubieran hecho, los campesinos y los pobladores se hubieran enterado. Regresé a Buenos Aires e hice escala en Tucumán donde vivía mi hermana Ana María, nos reunimos y le informé todo lo que había visto. Salí convencido de que lo habían enterrado en Vallegrande.

CONTINUARÁ

Al irse Ernesto para Villa María a trabajar, no tenía sentido quedarnos en Córdoba, porque habíamos viajado allí por él y por su enfermedad, por eso regresamos a la capital. En Buenos Aires vivimos en la calle Arenales No. 2208, 5 piso, que era adonde residía la tía Beatriz, y ella se fue con la tía Ercilia, para dejarnos el departamento a nosotros. Ernesto volvió a Buenos Aires cuando enfermó la abuela Ana y la estuvo cuidando hasta que murió y ya se quedó con nosotros.  

Posteriormente nos mudamos para la calle Araoz no. 2180, eso fue en septiembre u octubre de 1948, y allí permaneció hasta 1953, que es cuando se va en su viaje con Calica Ferrer. Un lugar que Ernesto frecuentaba mucho era el estudio que tenía mi viejo en la calle Paraguay no. 2034, piso 1. A.  

Ernesto era muy estudioso y disciplinado en la lectura, y en la biblioteca de mi padre devoraba todos los libros; los había puesto en orden y los tomaba como si fuera una trituradora. Recuerdo que leyó la Historia Contemporánea de Europa en 25 to­mos. A ninguno de nosotros se nos había ocurrido, pero él los iba leyendo uno a uno rápidamente. Había libros de carácter filosófico, estudió a Marx y a otros clásicos e hizo un diccionario filosófico para facilitarse el estudio.

Ernesto batió un récord en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Ingresó en diciembre de 1947. En el mes de marzo de ese curso, dio todas las materias del primer año; en el mes de junio, las del segundo, y en diciembre, las del tercero, es decir, que en un año hizo los tres primeros. Ese récord no estaba batido en la Universidad. Su capacidad intelectual, su inteligencia, su disciplina y voluntad se unieron. Así era para todas las cosas que enfrentaba. Después hizo el viaje con Alberto Granado, regresó y terminó su carrera de Medicina en tiempo récord también.  

Luego que se fue con Calica Ferrer, en su segundo viaje por América, seguimos todo su trayecto por cartas. Yo me gradué en la Universidad en mayo de 1955 y en junio de ese mismo año me casé y Ernesto me envió de regalo un juego de cucharitas de plata. Vivimos todos en familia las noticias de la guerra en Cuba, todo lo que iba pasando, porque los periódicos informaban bastante de esos hechos. Cuando triunfó la Revolución, yo no pude acompañar a los viejos en ese viaje a Cuba y después no lo vi hasta 1961 que fue cuando vino a Punta del Este; allí nos reunimos toda la familia y hablamos de muchas cosas, hasta de unos lotes de tierra que habíamos comprado en La Paloma, que es un balneario cerca de Punta del Este, y Ernesto siempre quería que compráramos algún lote de tierra, pero como nadie le daba importancia lo compró él. Compró uno en Carlos Paz, cerca de Córdoba, que es la ciudad turística más importante de Córdoba, es un lugar muy bonito donde se habían construido algunas casas, es en el lago de San Roque; el viejo le dio el gusto y compró el lote a orillas del lago. Pero ya un poco más grande, él insistió en la compra de varios lotes de terreno y el viejo los contrató para cada uno de nosotros en una zona que se llama La Paloma, que queda en el Uruguay, entre Punta del Este y la frontera con Brasil. Ninguno pagó salvo Ernesto,    que era muy disciplinado. Cuando nos vimos en Punta del Este, hablamos de eso también y él me di­jo que hiciera los trámites legales y que los anotara a nombre de mis hijos. Yo comencé los trámites, pero con los problemas que ha vivido la Argentina,   que fue un vendaval, se han perdido los papeles Después de 1961, teníamos noticias de mi hermano a través de mi madre, él la llamaba por teléfono, o cuando ella por una u otra vía tenía información.  

Fueron años difíciles, vino todo aquello de que había desaparecido  y finalmente que había muerto en Bolivia. Cuando se publicaron aquellas noticias, yo no sabía si era verdad o era mentira, entonces decidí viajar y verificar. Viajaron también periodistas de la revista Gente y del canal 13 de la televisión argentina y con ellos fui  para Bolivia. El que me ayudó corno intermediario, fue un periodista nombrado Eduardo Maxtwitz.

Fuimos en una avioneta y llegamos a Santa Cruz: los militares nos preguntaron de dónde éramos, yo  me di a conocer y pedí hablar con el jefe de la guarnición y fui a verlo. Conmigo fueron los periodistas, lo que creaba un elemento de presión que contribuyó a que me recibiera. Con aspecto muy asustado y, sorprendido me recibió el coronel Joaquín  Zenteno  Anaya, quien me dijo que él no sabía nada de dónde estaba el cadáver y que las órdenes las tenía que dar  el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y que el único que me podía autorizar para ver el cadáver era el general Alfredo Ovando, que era el comandante de las Fuerzas Armadas de Bolivia. Recuerdo que llovió toda la noche y había mal tiempo. Es curioso que esa noche me localizan dos personas, una de ellas era Ricardo Rojo, me extrañó mucho su actitud, porque quería saber lo que yo iba a hacer en Bolivia y me hizo varios planteamientos que no me gustaron.

Al día siguiente viajé a La Paz para ver a Ovando, que no quería recibirme, pero como detrás de mí iba la prensa; ante su negativa, yo le informé al edecán que si no me recibía tenía la libertad de hablar con la prensa y lo iba a hacer.

Finalmente me recibió, me dijo que el Che era un hombre extraordinario, que era un hombre universal, completo y que entraba en todos los campos con una altura y una grandeza formidables, que había leído los poemas que tenía en su poder, que también poseía otras pertenencias y que me iban a ser devueltas una vez que el trabajo de inteligencia concluyera. Me atendió con delicadeza, pretendía ser mucho más refinado que todos los del Ejército y del alto mando y que con relación a lo que yo le pedía, él mismo daba la orden para que el coronel Zenteno Anaya me mostrara el cadáver si no había sido quemado, porque la orden era quemarlo.

 Viajé a Vallegrande y allí se encontraba Juan José Torres, era evidente que ya tenían todo preparado, que habían planificado todo y habían concentrado al pueblo para dar a entender que se oponían a mi visita y repudiar mi presencia.

 Yo descendí del avioncito donde fui y caminé en actitud que ellos no esperaban. Los pobladores y campesinos de la zona me abrían paso, no sucedió nada en particular, no hubo insultos ni agresiones como seguramente ellos esperaban; la gente, lejos de agredirme, me trató con mucho respeto.

 Me aguardaban altos oficiales, me dijeron: "Bueno, tenemos que llevarlo hasta el cuartel", y fui en un auto con ellos. Cuando llegamos estaban allí capitanes, generales, coroneles, había seis militares, de todos ellos reconocí a Juan José Torres y a Andrés Selich, quienes adoptaron una actitud antipática, y tuvimos una discusión que, evidentemente, no conducía a ninguna parte.

 Ellos dijeron que el cadáver había sido quemado, les respondí que me parecía imposible, respondieron que corrían el riesgo de que los familiares no lo fueran a reclamar, como había pasado con otros guerrilleros a quienes los habían mantenido largo tiempo y que como los familiares no se presentaban a reclamarlos, los habían tenido que enterrar, por la descomposición. Era evidente que me estaban min­tiendo. Yo les respondí y tuvimos una discusión al respecto.

Salí convencido de que no lo habían quemado, que estaba enterrado; regresé al pueblo, estuve to­da la tarde, conversé con las gentes, me dijeron que en Vallegrande no se podía haber quemado el ca­dáver, porque si lo hubieran hecho, los campesinos y los pobladores se hubieran enterado. Regresé a Buenos Aires e hice escala en Tucumán donde vivía mi hermana Ana María, nos reunimos y le informé todo lo que había visto. Salí convencido de que lo habían enterrado en Vallegrande.

CONTINUARÁ

Por lobitogabriel - 12 de Febrero, 2007, 7:52, Categoría: lecturas
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